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El arte como regreso a casa: historia, identidad y luz hecha a mano

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El arte como regreso a casa: historia, en uno  de esos días grises que anuncian el paso a la nieve.

El arte como regreso a casa: historia, identidad y luz hecha a mano

Llegué a Navarra en un otoño frío, uno de esos días grises que anuncian el paso a la nieve, que en aquel tiempo caía casi de forma permanente. El cielo tenía una quietud desconocida para mí, y el silencio del aire parecía sostener algo que no alcanzaba a comprender. Venía de Ecuador, de una tierra que respira colores, voces, ríos y montaña. Venía también de un país que atravesaba una crisis económica profunda, de una salida marcada por el apremio y la tristeza. Fue un viaje con más peso emocional que equipaje.

Aunque aquí también se habla español, sentí que el idioma era otro. La entonación, las pausas, las palabras elegidas, incluso la manera de mirar mientras se habla… todo era distinto. Me sentía desnuda frente a una realidad que no me esperaba, pero que ahora me contenía. Había sido yo quien cruzó el océano, pero no sabía aún cómo sería sostener la distancia.

Durante los primeros años viví una especie de ruptura interna.

No era solo nostalgia; era la sensación de que mi identidad se había quedado suspendida en un lugar al que ya no pertenecía del todo, pero que seguía siendo mío. Una parte de mí seguía allí, en mi tierra. Y otra parte se estaba obligando a crecer aquí, sin haber pedido ese tránsito. La migración no siempre se vive como una búsqueda; a veces es una herida que necesita tiempo para cicatrizar.

Me despedí de mi familia, de mi clima, de mis palabras más auténticas, de los mercados llenos de colores, de la música en las calles, de la posibilidad de reconocerme en todas las miradas. Comprender que comenzaba una nueva vida fue como sentir un frío que se instala en el centro del cuerpo. No era físico; era un frío del alma.

En esos primeros años, el arte como regreso a casa: historia, identidad y luz hecha a mano, todavía no era una idea clara; era apenas un hilo invisible.

Adaptarme no fue rápido. Me sorprendían los saludos, las formas, los silencios, la manera en que se entra y se sale de las conversaciones. Recuerdo algo tan cotidiano como saludar: yo decía “buenos días” con una sonrisa, como lo hacemos allá. Pero a veces respondían “hasta luego” aunque recién nos estuviésemos encontrando. Eso me desconcertaba profundamente, como si la bienvenida ya fuera despedida.

 

Yo sentía que hacía falta llevar luz encima.

También me llamaba la atención el color de la ropa durante el invierno: todo negro, todo gris. Yo venía de un lugar donde el color está en la vida misma: en la ropa, en las frutas, en los tejidos, en los rostros, en la forma de caminar. Aquí, el paisaje se volvía gris y la ropa lo imitaba. Yo sentía que hacía falta llevar luz encima. Llevar color como quien se abriga desde dentro.

Con el tiempo comprendí que esas formas también hablan de historia, de clima, de ritmo, de estructura. Y que yo venía de otro pulso.

Aprender a escuchar ese pulso llevó tiempo.

Al principio, me encontré con personas que me parecían cerradas. No era distancia emocional, sino otra manera de entrar en el vínculo: más lenta, más reservada, más observadora. Con el tiempo fui encontrando personas que se volvieron esenciales. Mi primera red nació gracias a otras mujeres: las madres de los compañeros de mis hijos. Ellas fueron casa antes de que yo pudiera nombrar mi propio hogar. Mujeres generosas, completas, sabias, que me acogieron en los años en los que yo aprendía a ser madre en tierra ajena. Nunca olvidaré la calma que me regalaron.

Por su pueto que mis primeros trabajos ayudon a enraizarme. El trabajo tiene esa capacidad de devolvernos al cuerpo cuando el alma está movida. Di talleres culturales en colegios y pude hablar de mi país a través de los ojos de los niños. Trabajé en una frutería y volví al color. Luego emprendí como autónoma con máquinas infantiles: las instalaba, las mantenía, reparaba la mecánica, pintaba los detalles. Aprendí que podía aprender cualquier cosa. Y que la vida, cuando se sostiene con humildad, abre caminos.

Después trabajé en una residencia y más tarde en el Servicio de Atención Domiciliaria. Acompañar a personas mayores fue aprender el otro lado de la fragilidad. Aprendí lo que significa ser sostenido y sostener. Aprendí la dignidad del cuerpo que cambia y la importancia de que la vida se viva acompañada, hasta el final.

Esa experiencia me humanizó de una manera que no se olvida.

Mientras todo esto sucedía, el arte seguía siendo una presencia silenciosa, como un río subterráneo. Dibujaba cuando nadie miraba. Diseñaba en silencio. Aprendí Autocad no para trabajar técnicamente, sino para poder transformar lo que imaginaba en forma tangible. Y seguía guardando colores en la memoria: el verde húmedo, el amarillo cálido, el rojo tierra.

La primera vez que viví el otoño aquí lo entendí todo. Entendí las pinturas europeas que antes me parecían invenciones. Entendí que la naturaleza también habla en transiciones. Entendí que la belleza existe antes de que podamos nombrarla.

Obboart nació en un momento en el que necesité volver a mí.

Volví al dibujo como quien vuelve a respirar. Después imaginé esas formas en volumen. Luego llegó la luz. Pero no la luz técnica. La luz emocional. La luz que acompaña. La luz que calienta un rincón. La luz que hace hogar.

Descubrí que podía convertir mis trazos en lámparas.
Y que esas lámparas no solo iluminaban espacios, sino vidas.
Que hablaban en silencio.
Que acariciaban, sin tocar.

Entonces lo entendí:

El arte como regreso a casa: historia, identidad y luz hecha a mano era mi biografía completa, transformada en objeto.

Obboart no es solo diseño.
No es solo artesanía.
No es solo decoración.

Es una forma de volver a mí misma cada día.

Es la memoria de mi país convertida en luz.
Es la historia que llevo dentro, suspendida en metal.
Es la identidad migrante que encuentra su forma.

Hoy, creo lámparas que cuentan historias.

Luz cálida para hogares que buscan calma.
Objetos que acompañan silencios y encuentros.
Piezas que nacen de la mano, con el pulso del corazón.

Obboart no es un proyecto:

es mi manera de iluminar mi propia historia
y compartirla, convertida en luz, con quien también esté buscando su regreso.

Elizabeth

Elizabeth

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